Te levantas el fin de semana con un proyecto muy claro: “Voy a hacer el cambio de armario.”
Algo rápido.
Ordenado.
Controlado.
Un par de cajas, sacar abrigos, meter camisetas… y listo. Una hora. Dos como mucho.
JA.
Y ahí es cuando abres el primer cajón y aparece esa camiseta que no te pones desde 2017. Así que piensas: “esto hay que revisarlo bien, modo Marie Kondo antes de tener hijos”. Pero la vida nunca es tan fácil, porque han pasado cinco minutos y ya no estás cambiando el armario, estás replanteando tu relación con la ropa, y con el mundo en general.
Entonces, tu inocente cerebro toma una decisión que cree feliz: “Voy a aprovechar y hacer limpieza.”
Y claro, si haces limpieza… igual necesitas más perchas.
Y si necesitas más perchas… igual ese cajón no está bien organizado.
Y si ese cajón no está bien… Bueno, ya que estamos, reorganizamos todo.
Dos horas después, el dormitorio parece zona de impacto. (Y tienes suerte si sólo es el dormitorio)
Ropa por la cama.
Cajas abiertas.
Tres montones: me lo quedo, lo dono, no sé qué hacer con esto pero no lo voy a decidir hoy (¿me aporta felicidad?).
El proyecto inicial, aquello de hacer cambio de armario, sigue por ahí, en algún lugar de esa habitación, bajo una pila de sudaderas.
Y en ese momento (o bastante más tarde de lo que deberías) te das cuenta de algo; no es que estés tardado más, es que ya no estás haciendo lo mismo que empezaste.
El alcance ha crecido. No ha habido una reunión, no ha sido algo consciente, no se ha llegado a este acuerdo por el bien de algo (tu estabilidad mental, por ejemplo)… No ha habido nadie, ni siquiers tu, que dijera “oye, que esto ya es otro proyecto”.
Lo curioso es que, mientras pasa, todo tiene sentido: los famosos “yaques”: Hasta que el “ya que estoy” se convierte en un proyecto paralelo completo.
Y esto no pasa solo con armarios. Pasa en proyectos constantemente.
Empiezas con algo bastante definido y, poco a poco, sin darte cuenta, empiezan a entrar mejoras, ajustes, ideas “rápidas”… Que individualmente parecen pequeñas, pero juntas… cambian completamente el esfuerzo.
Y lo peligroso no es que pase, que pase es algo normal, los “yaques” tienen una forma sutil de entrar en tu vida (y tu proyecto) sin ser formalmente invitados. El problema real es que nadie lo esté gestionando como tal.
Porque entonces llegan las preguntas incómodas:
“¿Por qué estamos tardando más?”
“¿Por qué se ha complicado tanto?”
“¿Esto no era sencillo?”
Y tú, con ese sari en la mano que compraste hace 10 años en tu viaje a la India, que no sabes si tirar o no, lo entiendes perfectamente.
Así que, la próxima vez que empieces un “simple cambio de armario”, (o un proyecto que parece sencillo), igual merece la pena parar un segundo cuando aparezca el primer “yaque”. No para evitarlo necesariamente, sino para decidir si de verdad quieres meterte ahí.
Porque una cosa es cambiar de armario., y otra muy distinta cambiar de vida y mudarte de casa.
¿Te suena? ¿Cuál ha sido tu “yaque” más peligroso?
Escríbenos